viernes, 24 de mayo de 2013

La Guerra del Francés -La marca del traidor-. De Amando Lacueva

Título: La Guerra del Francés -La marca del traidor-
Autor: Amando Lacueva
Año: 2011
Edición: Rística.
Páginas: 430
Editorial: CITERIOR EDICIONES
EAN: 9788493867706

Reseña de José Lozano


Hacía tiempo que tenía en mi lista de pendientes esta novela, aunque tal afirmación no quiera decir absolutamente nada, porque es probable que cualquier reseña que hiciese actualmente comenzase con la misma coletilla. Pero el caso es que tenía sentimientos encontrados con esta obra por varias razones. Las otras dos novelas que he leído del autor me han parecido muy buenas y ninguna de ellas era histórica: las expectativas de La Marca del Traidor estaban muy altas. Y, finalmente, partía de la base de que ni este periodo de la historia me hace mucho tilín ni lo que he leído anteriormente al respecto me ha gustado demasiado.

 
Estamos en el año 1810 después de Jesucristo. Toda España está ocupada por los franceses… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles catalanes resiste todavía y siempre al invasor... Y es así como Lacueva comienza a entretejer una historia compleja en la que vamos saltando por las diversas facciones que dan pueblan la novela.

Lo primero que destaca es la manera en la que está escrita. Tenemos dos narraciones distintas, la primera es en pasado y primera persona y su protagonista es Jordi “El Mellado”, hijo de una tabernera que vive de lo poco que le da el “Figón de la viuda” y que complementa con  los servicios que presta a sus clientes cuando así se tercia. Ahora viejo y tullido, su única compañía son las monjitas que le cuidan y soliviantan, de un modo u otro, sus descansos. Él es el que abre, de forma directa y concisa, la mayoría de los capítulos del libro y nos da una visión cargada de odio de aquellos hechos de su juventud aunque provista de un toque de humor enormemente necesario. Y es que sus recuerdos son un soplo de aire fresco, un oasis en esa narración cruda y visceral que forma el núcleo fundamental de la novela y que cambia la forma en la que nos narran los hechos: en presente y tercera persona.

La narración en presente logra dar una inmediatez fundamental en la obra y creo que es el máximo acierto de Amando, porque una novela que está tan sumamente cargada de tensión y acción que el que esté narrada en presente acrecienta la sensación de que en cualquier momento puede sobrevenir el fin de tu personaje favorito como, de hecho, sucede a veces.

Pero este sentimiento de inmediatez que logra un tiempo verbal no podría haberse conseguido si no fuese por otro acierto de Lacueva: nos logra recrear los momentos previos al conflicto con gran soltura, sin escatimar en violencia pero sin caer en el victimismo que tantas veces se ve en textos mediocres que buscan la empatía por la vía directa. El ambiente es sumamente opresivo y oscuro y logra sobrecogernos en más de una ocasión. Y a todo esto se añade otro de los fuertes de la novela, tal y como lo define mi media mandarina: “el lacuevano”, que no es otra cosa que el lenguaje que usan todos y cada uno de los personajes de la novela y que se nutre de una terminología tan particular como “breva”, “espichar”, “remo”, “cabritera”, “damajuana”, “bargueño” o “pocillo” pero que también impacta por la contundencia, y en ocasiones incluso brillantez con la que los parroquianos lo usan para mantener unos diálogos tremendamente bien logrados con una cantidad ingente de bravatas, pero con algunos momentos tremendamente emocionantes por la sencillez y claridad de muchos de los personajes (a quién no se le soltó una lagrimilla cuando le regalan las lentes a Lluis y pregunta por el Capitán). Pero, no os preocupéis, que no estamos ante una lacrimógena novela romántica. Esto es la narración cruda y en ocasiones obscena de los hechos que acompañaron la caída de la plaza de Tarragona en junio de 1811.

Y todo lo anterior me lleva a hablar de los personajes, donde de nuevo, Lacueva acierta al presentarnos un elenco nutrido de individuos que pululan por las páginas del libro. Entre ellos destacan el bueno de la peli, Mingo Prats, somatén valiente y rudo de la villa de Constantí, y su alter ego, el malvadísimo Joan Ixart, impresor del diario de Tarragona desplazado a la plaza a dar cuenta del asedio de la ciudad. Ambos son grandes personajes que logran un grado elevado de empatía aunque la simpleza de Mingo a veces sea un obstáculo importante. Pero no sólo de los protas vive el lector, y tenemos varios secundarios de postín:  el mejor, Pedro Sevilla, capitán de alabarderos enviado a Tarragona por las Cortes de Cádiz a buscar al espía francés que campa por la plaza a sus anchas. También destaca Quim Fábregas, capitán de migueletes, Jordi El Mellado o El Jerezano, caudillo de la brivalla de afrancesados. Todos tan bien perfilados por el autor que logran atraer la atención del lector en todo momento.

Lo cual me lleva a la trama de la novela y es que esta obra es compleja, muy compleja, y requiere que el lector preste atención en todo momento a los detalles. Primero por el número de facciones que pululan por la plaza: los migueletes, la brivalla, los somatenes, los ingleses, los franceses, los traidores y la junta de Cataluña. Cada uno de ellos tienes sus motivaciones e intereses, de modo que la confrontación es inevitable. En este sentido me recuerda a su otra obra, Red Final, aunque en ésta no logre el equilibro entre las facciones que sí lo logra con La Marca del Traidor. Pero no sólo esto, sino que en general los hechos que nos narran describen una historia de traiciones, amores y odios bastante intrincado y como Lacueva hila muy fino, el jodío, tiene por leitmotiv (es trademark de este autor) el ocultar muchos (en ocasiones demasiados, diría yo) detalles, a veces nos encontramos con que tenemos que releer alguna parte porque no hemos logrado pillar lo que estaba ahí. En este aspecto Amando debería cuidar la manera en la que raciona los detalles, en ocasiones el lector pasa por alto detalles como que el traidor que aparece en la primera página es el que usa un pañuelo escarlata y luego pretende que se identifique y asocie a otro villano en el capítulo 20 simplemente por el color del pañuelo que usa. No temáis, todo está ahí y Amando no escatima en detalles.

Y el final de la trama es… ¿tú también, hijo mío? Sí, ya sabíamos como muere Julio César, pero lo bonito es ver cómo lo narra Amando y, no solo eso, si no ver como logro cerrar las subtramas de traiciones y venganzas que se han estado fraguando a lo largo de la narración. De nuevo, es marca de la casa, los finales de Amando en todas sus novelas alcanzan como mínimo el notable y en ocasiones (como en El Triángulo Vikingo) logran cotas superiores. En esta novela tampoco defrauda, no hay muchas opciones, pero al menos es emocionante.
Y si le tengo que poner un defecto a esta novela es el corrector, al cual habría que colgar del pino más alto que encontremos en Simancas… ah, no, que la novela no tiene ningún corrector. Eso explica los errores que pueblan la novela, más de los que un lector mediocre como yo está dispuesto a aceptar y que, desgraciadamente, en algunas (contadas) ocasiones van más allá de lo tipográfico y se sumergen en el ignominioso mundo de la ortografía y la gramática.

En definitiva, muchos me decían que esta era la mejor novela de Amando, aunque bien es cierto que la mayoría de ellos exaltase este título sin ni siquiera haber leído el resto de su producción. Me veo capacitado para hablar con una cierta perspectiva y puedo afirmar que esta es la mejor novela de Amando. No le encuentro ningún fallo reseñable, no hay cabos sueltos, no hay altibajos, es vibrante, emociona, la trama es compleja, los personajes entrañables y no desentona el final.

Totalmente recomendable aunque, eso sí, deberéis poner los seis sentidos al embarcaros en esta aventura y prestar atención a todos los detalles especialmente al principio. Preparaos a vivir junto a Mingo Prats los momentos previos a la caída de la plaza de Tarragona, en los que el degollar franceses con una cabritera o espichar fusileros a trabucazos era el pan de cada día, un pasatiempo, mucho más que un deber: una cuestión de honor.



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