miércoles, 2 de octubre de 2013

La ciudad frente al río inmóvil, por Victor Niño

La ciudad frente al río inmóvil, por Victor Niño

La ciudad frente al río inmóvil

Por Víctor Niño


La ciudad frente al Río inmóvil es Buenos Aires y el Río inmóvil es el Río de la Plata, de aguas del color de la arena del desierto, llamado el río color león, del que se tiene la impresión de un océano que deja ver la redondez de la tierra y al atardecer volverse el firmamento como un enorme desierto: se sale de Buenos Aires hacia el puerto de Montevideo en Uruguay; al cabo de unos minutos salta para saludar unos delfines franciscanos habitantes del mayor estuario del mundo. Allí navegando en ese triangulo de enormes aguas Eduardo Mallea titula así sus narraciones: 

La ciudad frente al río inmóvil, publicadas en 1936 y que la encausan nuevamente a la narrativa del continente, a una literatura que se volvía a enfrentar a la par de las otras literaturas del mundo que habían avanzado en su recorrido con el Renacimiento en Europa y exploraban la realidad y la naturaleza humana; expresión reprimida fuertemente por la ortodoxia hispánica. En ese río que nos habla de la leyenda del niño soldado, que fue salvado de la derrota de los invasores que traían caballos en sus embarcaciones y que fue criado por los indígenas, al que le revelaron los secretos de las minas de plata, esperó hasta el amanecer, en medio de las heladas de la noche, Avesquín, el primer personaje que habita ese libro; esperó para huir en el primer barco que se alejara de ese puerto hacia Europa. 


Para huir de una ciudad que no comprendía, que lo enloquecía; huir de Buenos Aires frente al río inmóvil. El epígrafe que abre el libro es una cita de Pascal y que parece que estuviera pensada para este enorme continente y en especial Argentina que se abría al mundo a través de los emigrantes europeos: “El silencio eterno de estos espacios infinitos me asusta”, pero ese silencio era el silencio de una América en proceso de globalización, de reflexión sobre esos hombres hispanoamericanos en los que no surgía su ser interior; un mundo interior oculto tras la fachada de una economía que crecía en lujo y exterioridad.


Mallea iniciaba la exploración íntima de la realidad social; no la exterior y dogmática como se había venido llevando en la explotación lucrativa de los temas telúricos. El mundo de la industrialización traía los problemas propios de un abandono del paternalismo medieval, los problemas de las ciudades crecientes : la soledad, la incomunicación, la angustia ( en sociología, anomia), lo que se explora frente al río inmóvil, percibido magistralmente por Mallea y que conducirían a las nuevas dictaduras que irían a azotar el continente latinoamericano. En el prólogo titulado “diálogo oído en una calle” Mallea lo dice claramente: "Vallamos a la Ciudad… Allí se respira un atmósfera áspera y la gente no está unida por palabras sino por un cargado mutismo…” No es que fueran autómatas por su mutismo; la ciudad bailaba, cantaba, celebraba; Avesquín no podía creer lo que veía en el bar de su único amigo, una Francesa bulliciosa; no podía creer el modo de relacionarse de esta gente, es el mutismo, concluyó: “ estos solitarios que andan grávidos de sí sobre la extensa tierra cuya posesión detienen en el planeta...”
Bibliografía: América sin Realismos Mágicos, 2004. Rafael Gutierrez Girardot.

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