lunes, 18 de febrero de 2013

Sentires y pensares de la madrugá, de Isabel G. Jiménez

Colección: Generación del vértice
Autor: ISABEL G. JIMÉNEZ
Editorial: Celya
Encuadernación: Rústica con solapas
 Nº de páginas: 96
Formato: 12 x 19,5 cm
ISBN: 978-84-15359-29-6

Reseña de Magda Robles

Que el poemario ha nacido del Amor con mayúsculas, en todas sus vertientes, queda claro desde el comienzo.  El primer poema titulado “Mamá”, muestra el  inmenso amor de una hija por su madre. Isabel  va desgranando a lo largo de sus versos dolores y sonrisas evocadas por el recuerdo. Mas también deja muy claro que no se trata este de un poemario de técnica, academicista, sino del ramillete de versos que son sus palabras, y que tan solo pretenden expresar el porqué de un corazón, como confiesa en el poema “Mis palabras”.

Es también toda una declaración de intenciones: la voz narradora, el  Yo poético se muestra a pecho descubierto ante el lector y la persona amada en diversos poemas que cierra con los versos: “Así de simple soy yo y la verdad mi más grande orgullo.”

Dudas, temores, la lucha constante del ser humano por conquistar aquello que no se posee, y que se enlazara con grito firme y claro de “No quiero vivir una vida que no sea la mía” en el poema Quiero un brindis. De igual forma es palpable, la necesidad del otro (sea ese otro madre, amigo o amante) ofreciendo la mano cuando es necesario, y  aferrándose a ella cuando se siente caer, para así caminar juntos. Sin embargo, incluso a pesar de esa mano tendida, el crudo camino de la existencia obliga a la poeta a gritar en ocasiones, y al lector a admitirlo con ella, que

¡Es tan difícil arañarle
una simple caricia,
a esta vida!

Temas eternos en el universo poético son el Amor y el desamor, pasión contenida, compartida y rechazada, que tienen igual cabida en estos versos. En los poemas de corte amoroso he querido ver un guiño a Pedro Salinas y Rubén Darío… La eterna necesidad de ser amado, en otras ocasiones la conquista y el deseo, van salpicando casi todos sus versos.

Debo destacar que me ha resultado  muy llamativo el profundo respeto desde el que se evoca a la persona amada, lejana e inalcanzable tal vez…  se le habla desde un respetuoso “usted”, que tan solo se convierte en “tú” cuando se produce la entrega.

Tras estos poemas nos adentramos fugazmente en Ronda, y su madrugá, cargadas de pasión, aunque no serán los únicos que destilen erotismo. La voz poética se adentra en la penumbra del amor y sus desdenes, y sufre de forma clara en sus versos, pero cual ave fénix vuelve a resurgir en Mi abrazo y tu perdón, el poema que cierra esta primera parte.

Es muy recurrente en su poesía la imagen de la rosa, Rosa Roja escrita en mayúsculas en multitud de versos, eterno símbolo del amor, pero también flor caracterizada por infligir dolor a quien desea tenerla cerca. Es esta, quizá, la más bella metáfora que podemos aplicar no solo al amor sino a la vida misma, que ofrece el cálido roce de un pétalo, o el fragante aroma de la flor, pero también muerde y desgarra las manos que intentan apresarla. Sin embargo, esta metáfora es reescrita y aplicada de forma completamente diferente  que no contaré por no desvelar demasiado...

También hay que destacar la importancia de los ojos, ojos verdes. El rojo, el azul y el verde son colores que parecen apoderarse de todo el poemario, en versos e historias, como contrapunto a esa madrugá, y la oscuridad que la caracteriza.

Hay que decir que no es este un poemario típico, ya que está dividido en variopintas secciones. DeAforismos del corazón” me gustaría destacar la manera en que la autora reescribe la tradicional formula de “en las alegrías y en las penas” que sella algunas uniones:

No quisiera verte llorar,
que te quiero cuando ríes
y, si lloras,
temo quererte más.

El apartado dedicado a Pensamientos y sociedad ofrece, tal y como el título indica, reflexiones de la propia autora sobre distintos temas, con un carácter claramente reivindicativo. Quisiera destacar este fragmento de “Ha venido a verme por sorpresa la mujer del pasado”:

“Siempre fui menor de edad en todos los asuntos, invisible y olvidada de la historia. Un día, cansada, convertí mi voz en viento y descubrí que las mujeres somos muchas más que las miserias y dolores, que el silencio y el sufrimiento. Pedí justicia e igualdad. Me convertí en la princesa de las letras, del arte. He gobernado y he hecho oír mi voz.”

Y por último, termina con el Réquiem por la muerte de mi madre, terrible poema que cierra el poemario, al igual que se cierra el círculo con el que se comenzaron estas páginas: el dolor por la pérdida de ese ser insustituible que nos dio la vida: la madre.

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