jueves, 1 de septiembre de 2011

Relato: La asesina

LA ASESINA
Apoyo los codos en la barra del bar de la estación de Tarragona. Son las cuatro de la madrugada y el local se halla semi desierto. Tan solo el camarero con cara de sueño al que le es imposible evitar un bostezo. Me giro y observo a la única alma que puebla la cafetería. Es una mujer joven, no llega a los treinta años. Espera sentada en una mesa apartada con la vista en la cristalera que tiene frente a ella y que da al exterior, a los andenes. Observa distraída el tren que acaba de detenerse en el número cuatro. Viste un traje pantalón de color oscuro y zapatos negros de tacón de aguja. A su lado descansa una pequeña bolsa de mano a la que no le quita ojo.

Me mira de soslayo, como ausente. En un gesto mil veces estudiado, con la lengua humedece sus carnosos y rojos labios. Al barman parecen salirle los ojos de las órbitas, pero disimula lustrando el mostrador con un paño que luego cuelga distraídamente sobre su hombro izquierdo. Aburrido, se cuela por una puerta a su espalda y desaparece.

Yo, me encasqueto la gorra y me limpio el bigote manchado por el café con una servilleta de papel que guardo en el bolsillo de mi pantalón. Me atuso la perilla mientras no dejo de observar descaradamente a la mujer. Ella rebusca en su bolso y extrae una pitillera dorada. Logra un cigarrillo que prende con un Dupont de oro blanco y al instante, exhala una bocanada de humo azulado que la envuelve en una nube de fantasía.

Traiciona al sueño con un café y una copa de brandy. Alza la vista hasta divisar el reloj de pared que reposa en el muro de la izquierda. Comprueba su billete y sorbe de su copa.

Por los altavoces anuncian la llegada del talgo procedente de Barcelona con destino a Madrid. Se alza de su asiento. De pié, apura la copa y apaga el cigarrillo en la taza de café que tiene sobre la mesa. Ase la bolsa de mano y surge al andén. Cuando pasa por mi lado me guiña un ojo y me hace un gesto cómplice al que yo correspondo.

La mujer se introduce en los servicios y atranca la puerta a su espalda. Los apeaderos se hallan desiertos y la luna la velan unos nubarrones que amenazan tormenta en esta noche cálida de verano.

Apuro mi café y la sigo hasta los aseos. No hay nadie y penetro en el interior con decisión. La encuentro frente al espejo, alargando sus pestañas. Cuando se percata de mi presencia mi mira a través del espejo.

—Sabía que me deseabas. Me has estado sobando con la mirada desde que entraste en la cafetería. —me habla mientras se desviste lenta y sinuosamente.

Yo sonrío de forma inocente y me aproximo a ella. Se deshace del sujetador y se baja los pantalones, quedándose únicamente con las braguitas y los zapatos de tacón de aguja.

Se abalanza sobre mí mostrando una pasión y un deseo primitivo y me besa con lujuria, pero al instante se separa y me mira perpleja. Seguro que ha notado algún bulto que la ha desconcertado. Yo exhibo mi cínica sonrisa mientras le muestro la navaja automática que esgrimo en mi mano. Ella pierde la vista en la plateada hoja metálica que reluce bajo la luz de los focos. Un gesto rápido y preciso y se la clavo en el corazón. Apenas se da cuenta de lo que ha sucedido, me mira incrédula y se desploma sobre el piso de los servicios provocando un ruido sordo, ni siquiera ha gemido.

Limpio la navaja y la guardo. Con cuidado extraigo el celo que enrolla mis dedos índice y pulgar, la policía no encontrará mis huellas en la taza de café que acabo de tomarme en el bar.

La encierro en un tocador mientras me visto su traje pantalón oscuro, me calzo sus zapatos de aguja y frente al espejo, me deshago del bigote postizo y la perilla. Luego, me quito la gorra que aprisiona mi larga y rubia melena y me acicalo con sus enseres. Reviso el contenido de la bolsa de mano. Seguro que no falta un solo euro. Lástima que tenga que ser así, esa ladrona besa de maravilla y yo nunca le hago ascos a la vida.

Autor Amando Lacueva
© Obra registrada 2011
Reservados todos los derechos.




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